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Pathwork

Conferencias del Guía

Conferencia 22. La salvación

Saludos en el nombre del Señor. Les traigo bendiciones, amigos míos. Bendita sea esta hora.

Los ángeles de Dios siempre han tenido la oportunidad de hablar y manifestarse a los seres humanos. Muchas personas aceptan la posibilidad de que los espíritus no desarrollados se manifiesten, pero niegan que sea posible la comunicación con seres más altamente desarrollados, como quiera que ustedes los llamen. Esta es una actitud muy miope e ilógica. Las leyes de la naturaleza y el universo deben operar de igual manera para el bien o para el mal, o para los muchos estadios intermedios. Es sólo cuestión de qué condiciones se preparan y satisfacen. Si una persona niega la posibilidad de una comunicación con cualquier entidad excarnada, esta creencia puede ser equivocada, pero al menos es congruente. Sin embargo, reconocer la posibilidad de una y excluir la posibilidad de la otra es poco razonable.

De hecho, existen muchas maneras de saber con qué espíritus se está comunicando uno. Cualquiera que desee juzgar debe tomarse la molestia, en todas las circunstancias, de estudiar el vasto tema de cómo poner a prueba a los espíritus. Sólo entonces estará esa persona en condiciones de determinar de dónde vienen. Ya he hablado de este tema y volveré a hacerlo en el futuro. Por ahora, sólo quiero decir esto: Si todavía carecen del conocimiento necesario para determinar con qué espíritus se están comunicando y qué leyes están involucradas, pueden preguntarle a su corazón ahora mismo. Recibirán la respuesta hasta cierto grado, con la condición de que no permitan que sus dudas prevalezcan sobre sus sentimientos. Si sus sentimientos son receptivos y abiertos, podrán encontrar y sentir armonía, así como amor, paciencia, sabiduría y humildad... o todo lo contrario de esto. Pero su corazón sólo podrá hablarles y confirmar lo que desean saber si son receptivos, si están abiertos y si dejan de lado por el momento todos sus prejuicios.

Y ahora, amigos míos, continuaré la serie de conferencias que empecé. La última vez hablé sobre la creación de la Tierra, cómo llegó a existir y cómo evolucionó la Humanidad gradualmente. Les dije que la Tierra es un producto o una imagen, por decirlo así, del anhelo de los espíritus que han caído y que han vivido en la oscuridad por largo tiempo. También dije que la Tierra es igualmente un producto del anhelo de los espíritus que permanecieron en el mundo de Dios y que querían ayudar a sus hermanos y hermanas caídos a regresar a la luz divina. Así, aquí en la Tierra pueden encontrar belleza, amor y armonía, así como lo opuesto, con todos los matices intermedios. Esta es la prueba de que la esfera terrestre es un producto del mundo de Dios y del anhelo de los espíritus caídos de reunirse con Dios.

En la esfera terrestre tienen la posibilidad, con su libre albedrío, de desarrollarse y decidir de qué lado quieren estar. En su propia naturaleza, ustedes pueden encontrar ambas corrientes: la corriente buena que una vez provino de Dios en la perfección y la corriente mala que se acumuló durante y después de la caída. Entre estas dos corrientes se halla el ser consciente, capaz de decidir si sigue la ley del mínimo esfuerzo, que es siempre la naturaleza inferior del hombre, o si sigue a su Ser Superior, que es el camino difícil y estrecho.

También dije que la comunicación con el mundo del espíritu siempre ha existido, desde el principio de los tiempos cuando la esfera terrestre era relativamente nueva. Entonces era imposible que los humanos se comunicaran con el mundo de Dios porque había todavía demasiadas corrientes y actitudes no purificadas en el alma, demasiados malos deseos y demasiada ceguera para satisfacer las condiciones necesarias. Esta es la razón por la cual Dios siempre ha enviado seres a la Tierra que no eran espíritus caídos. Algunos de los grandes profetas y los llamados santos pertenecían a esta categoría. No sólo trajeron sabiduría, amor y pureza con ellos para dejar su marca en esta esfera terrestre, sino que, debido a su naturaleza, podían comunicarse con los ángeles de Dios. Esto es en suma lo que dije en mi última conferencia para prepararlos para lo que tengo que decirles esta noche.

Me gustaría explicarles lo que realmente significa la salvación por Jesucristo. De hecho, muy pocas personas están conscientes de toda su importancia, y menos que nadie las iglesias organizadas que han malinterpretado casi por completo lo que es la salvación. Muchas personas creen que Dios murió en la cruz por los pecados de todos los demás y que, como resultado, nadie es responsable ni debe rendir cuenta de sus pecados, faltas y debilidades, pues Cristo los expió con su muerte. Esto, mis queridos amigos, es imposible. No tendría el menor sentido. Después de la explicación de la verdadera historia de la salvación verán no sólo que éste es un malentendido cómodo, sino que percibirán claramente cómo pudo haber llegado a surgir.

También he dicho que la salvación no sólo se cumplió en esta esfera terrestre, sino en todas las esferas de la existencia. Mucho antes de que existiera la esfera terrestre y después de la llamada Caída de los Ángeles, que describí hace algún tiempo en mayor detalle, el plan de Dios fue a final de cuentas que cada uno de esos seres caídos debería tener el medio de volver a Él, de regreso a la luz y la armonía. Pero era esencial que las leyes de Dios no se violaran nunca, ni siquiera con el propósito de traer de regreso a las criaturas caídas. Esta era, efectivamente, una tarea muy difícil de llevar a cabo.

También expliqué que cada ser creado por Dios fue creado de manera perfecta en un sentido. Cada ser representaba un aspecto divino. El propósito era que cada espíritu extendiera esta perfección a otros ámbitos. Digamos que un ser era perfecto en amor, otro en sabiduría, y así sucesivamente. El objetivo era usar el poder divino que una vez tuvimos todos para perfeccionarnos en todos los demás sentidos y, a la postre, parecernos a Dios. Al hacer esto, llegarían a existir mundos adicionales de belleza —mundos espirituales— pues, como ya lo saben, todos los pensamientos, todos los sentimientos, todas las ambiciones y todos los actos se forman en el espíritu y, de este modo, crean un mundo.

También saben que cierto número de espíritus han usado su poder divino con este propósito, y otros han usado el suyo de manera contraria. Éste fue el origen de la caída. Después de ésta, Cristo, quien desde luego existía en el mundo espiritual mucho antes de que naciera como hombre, organizó a todos los espíritus del mundo de Dios para que usaran toda su fuerza y su perfección en sus ámbitos específicos para ayudar al Plan de Salvación. En otras palabras, los espíritus puros, en vez de continuar y extender su propia perfección creciente, aplazaron esta meta última con el fin de usar sus poderes para organizar y trabajar por el Plan de Salvación. Y este plan existe en todos los planos. Desde luego, todavía hablo de las esferas divinas.

En las esferas de la oscuridad tenía que pasar algún tiempo antes de que nada pudiera hacerse. Un número suficiente de espíritus tenían que sentir el anhelo de la luz antes de que pudieran llegar a existir mundos más luminosos, aún bajo el dominio de Lucifer. Sin este anhelo, inconsciente y ciego como era al principio, nada podía cambiar, sin importar los arreglos que se hubieran hecho en el mundo de Dios.

En el lenguaje de ustedes, millones y millones de años pasaron antes de que, debido a este anhelo, la esfera terrestre gradualmente llegara a existir. Más almas llegaron a vivir en la Tierra porque estaban listas para hacerlo, por bajo que todavía fuera su desarrollo. Entonces tuvo lugar más desarrollo general e individual. Simplemente por vivir en la esfera terrestre, estas almas entraron, por primera vez desde la caída, en contacto con algo divino, por tenue que pueda haber sido esta manifestación en su mayor parte.

Mientras tanto, Cristo estaba ocupado preparando y trabajando en el mundo espiritual de Dios, planeando con anticipación y enviando a diversos espíritus puros a vivir en la Tierra. También organizó enseñanzas que los espíritus puros ahora encarnados debían traer a la Humanidad, ya sea por inspiración y guía, o mediante la comunicación con el mundo de Dios. Es imposible para ustedes imaginar con cuánta minuciosidad tenía que realizarse todo, cuán meticuloso era este trabajo para que todo fuera conforme a las leyes divinas de la justicia.

En ese tiempo, no importa cuánto se desarrollaran espiritualmente los seres humanos, cuando regresaban al más allá seguían estando bajo el dominio de Lucifer. Como ya lo expliqué la última vez, todos los aspectos divinos se convirtieron en su cualidad opuesta. Por lo tanto, el libre albedrío, que es divino, se convirtió en dominación. Y, desde luego, Lucifer no podía renunciar al dominio que ejercía sobre sus seguidores. Si, por ejemplo, un ser humano, debido a una nueva actitud y a una armonía creciente con Dios, empezaba a producir luz y esferas bellas en el mundo espiritual, incluso estas esferas seguían perteneciendo al reino de Lucifer porque él no renunciaba a su poder sobre esta persona. Además, en ese tiempo, nadie estaba tan desarrollado para producir sólo esferas de luz. Las personas producían y eran dueñas de varias esferas, armoniosas e inarmónicas.

Esto ocurre, incidentalmente, con cada uno de ustedes y con todos los seres humanos. Dondequiera que hay fallas, debilidades y ceguera se crean esferas correspondientes. Siempre que son puros y están purificados, crean esferas bellas. Y no sólo serán dueños de lo mejor, sino también de lo peor que han construido. Cualquier ser humano relativamente bien desarrollado podría así habitar cierto número de esferas de luz, pero incluso estas esferas estaban todavía bajo el dominio de Lucifer mientras que el trabajo de salvación a este respecto no concluyera. Por cierto, lo que ustedes llaman infierno no es sólo una esfera de extrema oscuridad y sufrimiento. Así como hay muchas gradaciones en las esferas divinas, también hay gradaciones similares en las luciféricas.

Cuando un número suficiente de seres estuvieron listos y fueron conscientes de Dios, y desearon unirse completamente a Él, había llegado el tiempo de que tuviera lugar la parte más importante del Plan de Salvación, que Cristo asumió. Más allá de su amor y su compasión infinitos por todos sus hermanos y hermanas caídos, tenía un motivo.

Durante el proceso de la caída, el primer espíritu que cayó, Lucifer, desarrolló unos celos tremendos de Cristo. Así pues, era lógico que Cristo mismo demostrara su amor mediante su gran sacrificio y trabajo, no sólo hacia todas las demás criaturas caídas, sino también hacia el mismo Lucifer, quien a través del solo acto de Cristo encontraría posible en el futuro lejano regresar a Dios y encontrar al fin la felicidad. Dios hizo a Cristo Rey del Universo y, como tal, Cristo poseía no sólo los más altos privilegios, sino también las más fuertes responsabilidades. Al llevar sobre sus hombros la carga más fuerte junto con su exaltada posición, le dio al mundo otro ejemplo que seguir.

Así pues, cuando hubo llegado el tiempo, Cristo se enfrentó a Lucifer. Amigos míos, tengo que pedirles que no piensen que todo esto no pudo haber sucedido así porque suena demasiado humano. Todo lo que ustedes tienen y conocen como seres humanos, no sólo en relación con temas y objetos en ideas abstractas y concretas y en el lenguaje, sino también en cualquier tipo de formas que conocen, es sólo una imitación limitada de lo que existía en el espíritu antes de este mundo material y en una diversidad mucho mayor.

Los seres humanos piensan, cuando decimos que los espíritus hablan o poseen ciertos objetos, que esto es demasiado humano y concreto. Sin embargo, en el espíritu, como lo he dicho repetidamente, todo es concreto, todo es forma. En su mundo sólo los objetos materiales tienen forma y las llamadas cosas abstractas no tienen forma, pues son invisibles para ustedes. En el espíritu no es así. El amor es una forma. Cuando ustedes tienen un pensamiento bello, éste creará una forma. Cuando tienen un pensamiento malvado, éste creará otra forma, una forma concreta para ustedes.

Les ruego que tengan esto en mente y no crean que lo que les digo es infantil porque Lucifer y Cristo no hablarían como dos seres humanos. Podría no ser exactamente igual que cuando dos seres humanos hablan. El procedimiento podría ser diferente. Es un procedimiento espiritual. Esto, desde luego, es imposible de traducir al lenguaje humano. Por lo tanto, el lenguaje que tengo que usar debe limitarse a su comprensión.

Entonces, para continuar: Cristo se enfrentaría a Lucifer y le diría: “Mira, hay tantos más cuantos espíritus que no desean permanecer fieles a ti. Desean volver a Dios. Por lo tanto, deberías liberarlos”. Lucifer no accedería a eso. Sostuvo que no reconocía la ley divina y que usaría su poder como le viniera en gana.

Así que Cristo dijo: “En ese caso debe haber una guerra entre nosotros, entre tus fuerzas y las fuerzas del mundo divino”. Las probabilidades de vencer o salir derrotado se repartirían por igual, lo que significa que las fuerzas divinas deben ser numéricamente menores por la sencilla razón de que las fuerzas del bien son infinitamente más fuertes que las fuerzas del mal, tal vez veinte por una. Si tienen ustedes un ser absolutamente purificado contra veinte seres muy impuros, la fuerza de este único ser puro es mayor que la fuerza de veinte impuros.

Lucifer dijo: “Aun si esta guerra tuviera lugar e incluso si las fuerzas divinas ganaran y me despojaran de mi poder, de todos modos no reconocería que la ley de Dios es justa”. Como lo saben ustedes por mis anteriores conferencias, este punto constituía parte esencial del Plan de Salvación, ya que nadie debería estar eternamente condenado, ni siquiera el mismo Lucifer. Y para que jamás fuera posible ninguna condena eterna, Lucifer mismo tendría que reconocer en todo momento la justicia absoluta de las leyes divinas.

Por lo tanto, Cristo le preguntó: “¿De qué manera considerarías que los poderes divinos son justos?”

Y Lucifer repuso: “Yo libraría esa guerra si un ser —del mundo de Dios, si así lo quieres— viviera en la Tierra como hombre, sin ninguna protección ni guía del mundo de Dios en momentos cruciales, con gran parte de su conocimiento nublado, con la materia como obstáculo, y aun así permaneciera fiel a Dios pese a cualquier tentación y pese a las condiciones más difíciles posible. Yo le ofrecería a esta persona todos los poderes mundanos y la liberación de todo sufrimiento si renunciara a Dios. Si permanecía fiel a Dios en estas condiciones —lo cual dudo mucho, de hecho, digo que es imposible— entonces tendré esa guerra contigo y reconoceré como totalmente justas las leyes de Dios”.

Deben saber, amigos míos, que todo ser vivo tiene en todo momento espíritus guardianes del mundo de Dios. Pero la actitud de algunas personas puede evitar que estos espíritus se acerquen demasiado. Sin embargo, allí están, aunque sólo sea en un segundo plano, vigilando que nada le acontezca a su protegido que no esté de acuerdo con las leyes de la justicia de Dios o que esa persona pueda ser demasiado débil para soportar. Quedarse solo sin el apoyo del mundo espiritual de Dios en esta esfera terrestre, y además tener que resistir todos los ataques, retos, sufrimientos y tentaciones que pudieran ocurrírseles a los poderes de la oscuridad parecía, en efecto, una tarea imposible de realizar. Ningún ser humano había tenido que pasar jamás por nada ni remotamente parecido. Por lo tanto, Cristo no puede compararse con ninguna otra persona que haya vivido jamás, no importa lo puras o maravillosas que hayan sido sus enseñanzas. Cristo ha demostrado en los hechos y en la realidad lo que otros han enseñado, y lo hizo en circunstancias infinitamente más difíciles de las que nadie más ha tenido que soportar.

Así que éstas fueron las condiciones que Lucifer le puso para reconocer que las leyes de Dios son justas. Si esta tarea aparentemente imposible pudiera realizarse, entonces la batalla podría tener lugar. Si Lucifer perdía la batalla, entonces Cristo podría imponer sus condiciones y Lucifer no dudaría de la justicia de Dios en ningún sentido. Éste, pues, fue el plan. Y Cristo se hizo cargo de él por las razones antes mencionadas, aunque Lucifer no especificó que tenía que ser él.

Amigos míos, si estudian todas las escrituras desde este punto de vista, las entenderán de una manera enteramente diferente. Estoy muy seguro de que el motivo de la vida y la muerte de Cristo tendrá ahora sentido para ustedes. No tendría ningún sentido que Cristo hubiera muerto en la cruz por los pecados que otros han cometido. Si ustedes han cometido un pecado, ustedes mismos tienen que rectificar y nadie más puede ni debe hacerlo por ustedes. Si alguien más lo hiciera por ustedes, no alcanzarían la purificación. No recibirían la fuerza por medio del proceso de autopurificación, que es lo único que los protegerá de cometer pecados otra vez. Mientras que la raíz del mal no se arranque, debe producir de nuevo frutos impuros. Sólo ustedes pueden arrancar las raíces de su mal. Por lo tanto, esa no fue la razón por la que Cristo sufrió y murió.

También entenderán por qué a Cristo se le dejó completamente solo durante un largo tiempo. Naturalmente, como hombre no tenía el mismo conocimiento que tenía como espíritu. Si hubiera tenido ese mismo conocimiento, la tarea no habría sido tan difícil. Desde luego que sí poseía cierto conocimiento ya que es el ser más elevado de la creación. Además, tenía una gran cantidad de fuerza y sabiduría espirituales. Sin embargo, la vida en la Tierra no tendría ningún propósito —y esto se aplica a todos— si se tuviera el mismo conocimiento espiritual en la carne que cuando uno no está encarnado.

Así que Cristo no sabía qué estaba en juego mientras vivió en la Tierra. En el curso de los años recibió cierto conocimiento, y tenía una vaga idea —así como cualquiera de ustedes podría tener una vaga idea— de la tarea que debía realizar. Qué va a suceder, cómo va a terminar, cuál es el significado exacto, eso no lo sabrán... y él tampoco lo sabía. No debía saberlo mientras estuviera encarnado. Después de cierto tiempo, todos los ángeles de Dios tuvieron que abandonarlo. Estuvieron con él durante cierto tiempo de su vida, pero no estuvieron presentes cuando dio comienzo la tarea realmente difícil.

Como les he explicado, las enseñanzas que trajo fueron importantes y maravillosas, pero ésta fue una faceta adicional de su vida. Fue un beneficio secundario. Siempre que ocurre algo en estricto apego a la voluntad de Dios, no existe sólo una buena razón y un buen propósito, ya que muchos factores desempeñan un papel y se cumplen muchos buenos propósitos con un acto divino. De nuevo, esto se aplica a todos.

Sin embargo, sólo traer las enseñanzas no fue toda la razón por la que él vivió como hombre. Las enseñanzas son hermosas, pero no eran nuevas. En esencia, otras personas también las habían traído. Él las adaptó a su tiempo y pensando en el desarrollo siempre ascendente de la Humanidad, pero eso fue todo.

La tarea fue, como lo expliqué, que él —abandonado y separado por completo del mundo de Dios— tuvo que resistir las tentaciones de Lucifer, quien hizo el mayor esfuerzo imaginable en su meta de hacer que Cristo cayera. Recurrió a todos los medios posibles, y para hacerlo organizó a todos sus ayudantes. Créanme, Lucifer no es estúpido en modo alguno, aunque ciertamente carece de sabiduría y perspicacia. Tampoco le faltan grandes recursos en sus propios poderes oscuros.

Por una parte, Cristo no experimentó nada sino sufrimiento, tanto físico como psicológico, a un grado que ustedes no pueden imaginar. La humillación y el sufrimiento psicológico fueron mucho peores que el sufrimiento físico, por terrible que éste haya sido. Por otra parte, el mundo de la oscuridad le ofreció todas sus tentaciones.

Desde luego, Cristo fue lo que ustedes llamarían un psíquico en el grado más alto. Sus cualidades mediumnísticas estaban tan desarrolladas no sólo en un sentido, sino en todos los sentidos, que fueron mayores de las que nadie ha tenido antes o después de él. Esta fue una ventaja mientras el mundo de Dios estuvo cerca de él, pero cuando ya no fue así, esa ventaja se convirtió en un sufrimiento adicional, ya que todas las manifestaciones que le llegaban se originaban en el mundo de la oscuridad.

Por medio de la clarividencia llegó a estar en contacto primero con altos emisarios del mundo luciférico y después con Lucifer mismo, quien se la apareció como un ser bello que le ofreció todas las ventajas mundanas y la liberación instantánea de todos sus sufrimientos si lo aceptaba y renunciaba a su idea de Dios. Lucifer lo provocaba con burlas en los peores momentos de sus sufrimientos: “¿Dónde está tu Dios de amor y justicia? Si existiera, ¿permitiría que su amado hijo pasara por todo esto? Si tu Dios no puede ofrecerte más, ¿no estarás mejor conmigo? Mira lo que tengo que ofrecerte. Tu Dios sólo puede ofrecerte un sufrimiento intenso en todos los sentidos posibles”.

¿Pueden imaginar lo que esto significaba? Si Jesús hubiera conocido el significado exacto de su tarea, no habría sido ni la mitad de difícil resistir. Pero ese era precisamente el punto. Tener dudas en estos tiempos cruciales, dudas acerca de todo, acerca de su verdadera identidad y acerca de si habría algún propósito sabio y bueno en soportar todos los sufrimientos por los que tuvo que pasar en ese tiempo —en suma, acerca de todo lo que había aprendido en los años anteriores— era inevitable. Muchas veces se preguntaba si no era víctima de la ilusión y si su todo su conocimiento anterior no era producto de su imaginación. Durante estos tiempos de duda Lucifer acudía instantáneamente a su lado y reforzaba estos pensamientos.

Es fácil percibir lo extremadamente difícil que debe de haber sido para él —siendo un hombre con el obstáculo de la materia entre él y la verdad absoluta— permanecer fiel a Dios y no ceder a estas tentaciones agravadas por el sufrimiento. Si las condiciones de su tarea no hubieran sido tales que incluso Cristo pudo dudar en ocasiones, su tarea no habría sido tan infinitamente magnífica. Por lo tanto, Cristo tenía que tener los mismos obstáculos de la materia que todos los demás seres humanos, pero los suyos se intensificaron a un grado máximo. La sustancia material es una cortina y el hombre tiene que tratar de abrirla. Jesucristo tuvo que hacer lo mismo, pero en condiciones cuya extrema dificultad ustedes sólo vagamente aprecian, aun con estas explicaciones. Permanecer en el camino correcto en estas circunstancias sin entenderlas plenamente... amigos, míos, no pueden saber realmente lo que esto significó. Y tener la humildad, pese a todas las dudas pasajeras, de poner a Dios por encima de todo, incluso por encima de su sufrimiento, y por encima de su falta de comprensión del por qué, era la tarea. Parecía, en efecto, casi imposible que alguien pudiera hacer esto. ¡Pero Jesucristolo hizo!

Al hacer esto, Cristo no sólo satisfizo las condiciones por las cuales el mundo de la oscuridad nunca podría sostener que las leyes de Dios eran injustas, sino que, al mismo tiempo, puso el ejemplo para todos los que nacieran después de él. Así pues, cuando estén sufriendo y no entiendan por qué, piensen en Jesucristo dentro del contexto de la verdadera historia de la salvación. Luego traten de imaginar sus sufrimientos como algo real —no una leyenda imaginaria—, tan real como los sufrimientos de ustedes, pero mucho peores. Entonces les resultará mucho más fácil seguir sus pasos y permanecer humildes, dejando que Dios se haga cargo.

Inmediatamente después de que Cristo terminó con éxito su tarea en la esfera terrestre, cierto número de llamados “milagros” tuvieron lugar en el planeta, que mostraron a la Humanidad que una fase primordial en la historia de la creación había terminado y una fase nueva y trascendente estaba a punto de empezar. Yo podría hablar horas y horas sobre la vida de Cristo en la Tierra, amigos míos, sobre sus sufrimientos y su muerte. Pero si leen la Biblia ahora, su propia imaginación les dará una idea mejor que antes del significado y la realidad profundos de todo esto.

Después de su muerte física, Cristo regresó al mundo espiritual. Habiendo satisfecho las condiciones con un número relativamente pequeño de espíritus especializados, libró una batalla espiritual en el mundo de la oscuridad.

El hecho de que los espíritus tengan guerras, amigos míos, podría sonarles otra vez demasiado humano. ¿De dónde creen que vienen sus guerras? Son sólo un reflejo de la guerra espiritual. Desde luego, una guerra espiritual no tiene lugar exactamente de la misma manera que una guerra material en la Tierra, pero la esencia está allí. La forma en que sucede es, de nuevo, imposible de describir porque ustedes carecen de la percepción y la comprensión necesarias, y yo carezco de la habilidad plena para expresarme en lenguaje humano. Así que sólo puedo describir esto de una manera un tanto condensada que podría parecer simbólica y podría ser simbólica en cierta medida.

Así que tuvo lugar una guerra entre Cristo y Lucifer. Tienen que echar mano de su visión interna e imaginarla como si una guerra con fusiles o lanzas, como en la Tierra, hubiera tenido lugar exactamente de esa manera. Desde luego, no fue así. Sin embargo, hubo una guerra espiritual. De nuevo, Lucifer tuvo que reconocer la justicia de las leyes del mundo de Dios, ya que, como lo dije antes, Cristo vino a luchar en igualdad de condiciones. Hubiera estado en su poder no correr riesgos y usar una fuerza más grande y un número mayor de ayudantes. Sin embargo, no lo hizo por la misma razón por la que asumió la vida en la Tierra, para preservar la justicia de Dios, incluso a los ojos de Lucifer. Las probabilidades de vencer o salir derrotado eran iguales, y esto fue tan obvio que ni siquiera Lucifer pudo negarlo. Eso era importante, ya que el plan era, y es, que Lucifer mismo debe llegar finalmente a un punto en que él también volverá a Dios como la última de todas las criaturas caídas, ya que él fue el primero en apartarse de las leyes de Dios.

Jesucristo realizó el Plan de Salvación en todas las esferas. Su tarea varió en cada una de las numerosas esferas, porque cada una era diferente: en el mundo de Dios donde se hicieron las múltiples preparaciones, en la esfera terrestre y en el mundo de la oscuridad. Después de que la batalla terminó se crearon condiciones nuevas. Desde entonces han estado vigentes.

En su historia leerán que en el tercer día, después de su descenso al Infierno, Cristo subió al Cielo. Los diversos detalles que se preservaron en las Escrituras confirman de cierta manera todo esto para ustedes, aunque el elemento del tiempo no es muy exacto. El tiempo es siempre una “traducción”, por decirlo así, pues en el espíritu, el tiempo —si es que esto existe— es individual, psicológico y muy diferente. Pero esto no importa, ya que la Humanidad ha hecho un símbolo de estos tres días.

Las nuevas condiciones significaban que a todos los seres humanos se les daba la oportunidad de volverse a Dios durante su desarrollo en la Tierra, al pasar de una vida a otra. Lucifer conservó todos los derechos de tentar a los humanos para que sucumbieran a él al sucumbir a su propia naturaleza inferior. Si resistían, dejarían de ser súbditos del mundo luciférico, ya que las puertas estaban abiertas ahora para unirse con el Creador y habitar una vez más los mundos divinos. Incluso las trampas y las tentaciones que Lucifer podía utilizar fueron limitadas a partir de ese tiempo. De acuerdo con la ley divina, el mundo espiritual de Dios tiene ahora el derecho de intervenir. Las leyes divinas deben observarse con exactitud, las actividades de los poderes de la oscuridad son limitados y deben ponerse a final de cuentas bajo la jurisdicción de Dios.

Es necesario que Lucifer todavía posea cierta cantidad de libertad, no sólo por la tantas veces explicada razón de que tiene que reconocer siempre la justicia divina, sino también como un medio necesario para el desarrollo. El mal tiene que experimentarse en su totalidad muchas veces antes que se le pueda superar por medio del libre albedrío y la propia iniciativa del ser. El deseo de vencer debe crecer a través de la iluminación siempre creciente del alma de cada individuo, y muchas veces esto sólo es posible después de que uno ha atravesado la oscuridad.

Sale sobrando decir que esta iluminación no puede llegar en una sola vida. Lograr la perfección que se necesita para entrar en el Reino de Dios —la perfección que se perdió en la caída— y liberarse de toda la oscuridad que visitó el alma son tareas que no pueden hacerse en una sola vida. En efecto, son necesarias muchas, muchas vidas o encarnaciones. La vida en la Tierra es como una escuela donde pasan de un curso al otro. A veces pueden permanecer en un curso durante un tiempo, y luego podrían tener una o varias encarnaciones sucesivas donde logran muchas cosas.

Los seres humanos que encarnan del mundo de la oscuridad llegan primero con instintos muy bajos y burdos. Sólo después de muchas encarnaciones y deudas kármicas pagadas —y frecuentemente después de cierto sufrimiento y cierto número de influencias divinas— empezará a cambiar la actitud, lenta pero seguramente. Cuando los sentidos han empezado a refinarse un poco, entonces empieza el verdadero trabajo de la autoexploración y la autopurificación, y para esta fase también son necesarias muchas encarnaciones, acompañadas de condiciones y circunstancias cambiantes.

Incluso en esta fase secundaria, muchos seres no tienen todavía la fuerza para encontrar a Dios en realidad. Todavía está presente una proporción demasiado grande del Ser Inferior para que no sucumban a las influencias del mundo luciférico, ya sea que la influencia llegue en forma de inspiración directa o por medio de instrumentos humanos involuntarios. Entonces se necesitará nuevamente un número considerable de vidas para despertar lo suficiente para fortalecer la fuerza de voluntad para el importantísimo proceso de autopurificación. Sólo entonces llegará otra fase en la que comienza el proceso de una purificación muy gradual. En cada vida se preparan las condiciones para que cierto aspecto del Ser Inferior tenga la oportunidad de transformarse de la mejor manera posible.

Como ven, no puede ser de otra manera, ya que sería imposible alcanzar en una vida la perfección necesaria para entrar en el Reino de Dios para siempre. Con cada vida, incluso en los peores casos, algo se gana, incluso si los beneficios sólo pueden ser plenamente experimentados en un periodo posterior, cuando el ser finalmente declara: “Mi camino lleva a Dios. No voy a escuchar a mi Ser Inferior”, ese ser que está constante y magnéticamente en contacto con el mundo de la oscuridad. Sin embargo, el Ser Superior, que está en un segundo plano y que es mucho más difícil de alcanzar a través de todas las capas de imperfeciones, está en contacto constante con el mundo divino.

La personalidad exterior, con su fuerza de voluntad y la capacidad de decidir en un sentido o en otro, tiene el medio para dar un día el paso decisivo: “Me declaro para Dios, para mi Ser Superior, con todo lo que esto entraña”, sin prestar atención a la pereza, la comodidad y la ley del mínimo esfuerzo que hacen que uno ceda a sus faltas. En principio, no importa que las faltas sean todavía el homicidio, el robo, la perversidad, o que sean ahora sólo el egoísmo, los celos, la envidia, el resentimiento, la pereza o cualquier otra cosa. Cualquiera que verdaderamente declare y decida y se apegue a la decisión de seguir el camino a Dios —por ende la salvación de Cristo— no puede seguir siendo súbdito del mundo luciférico. Lucifer no tendrá poder sobre este ser ni en la Tierra ni en el mundo espiritual.

Esta es la manera en que Cristo abrió la puerta. Ahora podrán entender por qué se dice que Cristo los salvó de sus pecados. Esto es exacto sólo en el sentido de que su gran pecado de caer, de no permanecer fieles a Dios, y de convertirse en un tiempo en parte del mundo de la oscuridad, no tiene como consecuencia la exclusión eterna de los mundos divinos. De esto Cristo los salvó efectivamente, y por esto ciertamente tienen toda la razón del mundo de mostrarse agradecidos a él. A través de él tienen ahora la posibilidad, mediante sus propios esfuerzos y desarrollo, de cruzar el umbral. En ese sentido, es correcto decir que Cristo murió por sus pecados. Sin embargo, la interpretación de que Cristo murió por todos sus pecados y todas sus faltas es muy equivocada.

Esta es, pues, muy brevemente, la historia de la creación del universo, la caída, la creación de esta esfera terrestre y la salvación por Jesucristo.

Al principio de esta serie los animé, amigos míos, a hacer todas las preguntas que tengan en mente sobre este tema que no han sido respondidas en estas conferencias. Les sugiero que piensen en lo que les he dicho. Relean mis palabras, ya que se pierden de tanto cuando sólo escuchan una conferencia por primera vez. Luego preparen sus preguntas y con gusto las responderé, así como cualesquiera otras.

Sean benditos, queridos míos, queden con Dios y con Cristo.

Dictada el 31 de enero de 1958.