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Pathwork

Conferencias del Guía

Conferencia 58. El deseo de felicidad y el deseo de infelicidad

¡Saludos! Dios los bendiga a todos, bendita sea esta noche. Con gran felicidad reanudo mi contacto con ustedes. Proseguiré las enseñanzas que tuvieron que interrumpirse durante un tiempo. Pueden usar una interrupción como ésta de una manera fructífera, si así lo desean.

El deseo de felicidad existe en todos los seres vivos. Sin embargo, el concepto de felicidad varía de acuerdo con el desarrollo de cada individuo. Debido a un concepto distorsionado de la felicidad, se desarrolla en el alma humana otro deseo que suele pasarse por alto. Y ese, por extraño que parezca, es el deseo de infelicidad. Hablaré ahora de las reacciones en cadena que pone en marcha el concepto equivocado de la felicidad.

El deseo de felicidad ya existe cuando nace la entidad humana. Existe en el bebé. La idea de felicidad del bebé es la realización instantánea de todos sus deseos, de la manera exacta en que él lo quiere. Independientemente de lo adulta que pueda ser una persona, un vestigio de este bebé permanece en ella durante el resto de su vida.

Todos los conceptos equivocados son distorsiones y malas interpretaciones del concepto correcto. La felicidad en el concepto equivocado se expresa de la siguiente manera: “Sólo si puedo tener lo que quiero, de la manera en que lo quiero y cuando lo quiero, podré ser feliz. De lo contrario, seré infeliz”. Esta afirmación encierra la demanda de aprobación, admiración y amor por parte de todo el mundo. En el momento en que alguien no cumple con esta exigencia, el mundo de la persona se desmorona. La felicidad se vuelve una imposibilidad, no sólo temporalmente, sino para siempre. Esta, desde luego, nunca es la convicción intelectual de un ser humano adulto, pero emocionalmente tiene validez; cuando todo parece perdido, entra la desesperación.

El ser no desarrollado siente en términos de blanco y negro. No conoce estadios intermedios. O hay felicidad, o hay infelicidad. Si las cosas suceden de acuerdo con sus deseos, el mundo es luminoso. Pero si la más mínima cosa ocurre en contra de su voluntad, el mundo parece negro.

Cuando el bebé tiene hambre durante unos minutos, estos minutos son la eternidad, no sólo porque carece de un concepto del tiempo, sino también porque no sabe que el periodo de hambre terminará muy pronto. Así que el bebé se halla en un estado de absoluta desesperación, que bien puede observarse en un niño que llora. La causa por la que llora el bebé no parece tener relación alguna con su enojo, su furia y su infelicidad. Esta parte de la personalidad, que se expresa libremente en la infancia, permanece oculta en la psique del adulto y sigue produciendo reacciones similares. Sólo los motivos cambian, y la manifestación exterior se modifica o incluso se oculta por completo mediante un comportamiento racional y razonable. Pero esto no demuestra de ninguna manera que la reacción interna se haya eliminado verdaderamente ni que la persona le haya hecho frente en un proceso de maduración y crecimiento internos.

El bebé se da cuenta muy pronto de que el tipo de felicidad que quiere es inalcanzable. Se siente dependiente de un mundo cruel que le niega lo que piensa que necesita y podría tener si el mundo fuera menos cruel.

Si reflexionan en todo esto lógicamente, verán que el concepto primitivo y distorsionado de la felicidad realmente equivale a un deseo de ejercer un gobierno omnipotente, de exigir una obediencia ciega al mundo circundante, de disfrutar de una posición especial por encima de todos los demás seres, ya que se espera que los otros satisfagan lo que la persona desea. Cuando este deseo no puede ser gratificado—y jamás puede serlo—, la frustración se vuelve absoluta.

Es imposible, desde luego, que cualquier humano recuerde estas emociones tempranas, ya que no tiene memoria de sus primeros años. El que estas reacciones primitivas sigan existiendo sin excepción en todos los seres humanos es un hecho, y ustedes pueden encontrar estas emociones de diversas maneras en el trabajo que están haciendo en este Pathwork. Pueden encontrarlas observando reacciones pasadas y presentes, y analizándolas desde el punto de vista del niño interno. Primero, descubran dónde sigue existiendo el bebé en ustedes con sus deseos, sus sentimientos y sus reacciones, y enfoquen su atención en este aspecto particular de su personalidad. Habrán alcanzado entonces un punto a partir del cual pueden empezar a superar el concepto poco realista e irrealizable de felicidad y a construir el concepto apropiado, maduro, realista y realizable. Esto será infinitamente más gratificante. Hasta que hayan experimentado al bebé que hay en ustedes, no podrán entender que ciertos conflictos internos son el efecto de la reacción en cadena que dispara este concepto distorsionado fundamental.

Cuanto más crece el niño y aprende a vivir en este mundo, más cuenta se da de que el gobierno omnipotente que desea no sólo se le niega, sino que es mal visto. Así que aprende a ocultar este deseo hasta que el ocultamiento ha avanzado tanto que la persona en crecimiento misma ya no se da cuenta de él. Dos reacciones básicas se desprenden de esto: Una es: “Tal vez si me vuelvo perfecto, como el mundo que me rodea me pide que sea, tendré tanta aprobación que a través de ella podré alcanzar mi objetivo”. Entonces empiezan ustedes a esforzarse por alcanzar esa perfección. No necesito decirles, amigos míos, que aunque todos estamos de acuerdo en que todos los seres deben esforzarse por alcanzar la perfección, este tipo de esfuerzo es incorrecto. Es incorrecto debido al motivo. Aquí no se esfuerzan por la perfección misma, sino que buscan un fin egoísta. Y también es incorrecto porque desean alcanzar la meta de la perfección de inmediato, ya que la felicidad por medio del gobierno omnipotente se desea en seguida. Alcanzar la perfección inmediata es, desde luego, totalmente imposible. Impide la aceptación sana de las propias deficiencias, lo que permite a la personalidad aprender la humildad saludable y aceptar no ser mejor que el resto de la Humanidad.

La frustración se vuelve doble; el primer deseo—el gobierno omnipotente a fin de ser feliz—no se realiza, y tampoco el segundo, el de alcanzar la perfección a fin de obtener el primer deseo. Esto, a su vez, causa sentimientos intensos de insuficiencia e inferioridad, de remordimiento y culpa, porque el niño no sabe todavía que nadie es capaz de alcanzar tal perfección. Se cree único en su fracaso y tiene que ocultar este hecho vergonzoso. Incluso cuando la persona ha crecido y conscientemente sabe más, esta reacción, al no haber sido ventilada, sigue viviendo encerrada en el alma. En el inconsciente de la personalidad sigue el argumento: “Si fuera perfecto, tendría lo que quiero. Como no soy perfecto, no valgo nada”. La segunda conciencia, como una vez la llamé, sigue flagelándolos, mostrándoles la meta irrealizable, de modo que cada fracaso provoca desesperación y culpa adicionales, lo que aumenta los sentimientos de inferioridad e insuficiencia.

También hay otra reacción. La personalidad no puede ni quiere asumir toda la culpa del fracaso, y entonces culpa a su ambiente. Así se forma un círculo vicioso específico, que dice así: “Si me permitieran ser feliz a mi manera, si me amaran y me aprobaran por completo e hicieran lo que yo deseo, entonces sería perfecto. Con eso, el obstáculo que ahora impide que el mundo me dé lo que deseo sería eliminado. Por lo tanto, la culpa es ‘de ellos’. Mis fracasos se deben sólo a que constantemente me niegan mis deseos”. El círculo vicioso opera así en una dirección: “Necesito ser perfecto a fin de ser amado y ser feliz”, y en la otra dirección: “Si yo tuviera la posición de gobierno que necesito a fin de ser feliz, entonces no me resultaría difícil ser perfecto”. El mundo frustra completamente la realización de ambos deseos. Ustedes culpan de esto al mundo, por una parte, y a su propio ser, por la otra. Además, se ofenden porque no son amados tal como son. Les parece que deberían ser amados incondicionalmente. Este aspecto revela de nuevo que exigen una rendición incondicional por parte de las personas que los rodean, situación que los pondría en la posición de gobierno que creen que necesitan para ser felices.

El concepto equivocado de felicidad inevitablemente provoca también un concepto equivocado del amor: “Sólo puedo ser feliz si las cosas marchan a mi manera”. El concepto maduro de la felicidad en su forma más alta es: “Soy independiente de las circunstancias exteriores, sean éstas las que sean. Puedo ser feliz en cualquier circunstancia, porque aun los eventos desventajosos o desagradables tendrán un propósito y me acercarán más a la libertad completa y a la felicidad infinita”. Así, incluso los momentos difíciles tendrán el poder de hacerlos felices. No niego que mientras estén encarnados en la Tierra, sólo podrán experimentar esto en un grado limitado; no obstante, a los seres muy maduros y desarrollados esto les pasa por lo menos en cierta medida. La infelicidad no los perturba porque reconocen que encierra una semilla de crecimiento. Para ellos, los tiempos infelices no son inútiles, no se sienten desesperanzados, sino que luchan con valor hasta que el sol vuelve a brillar. En el concepto maduro de felicidad, y por lo tanto de la vida misma, el hecho de que uno no siempre pueda ser feliz no es motivo de desesperación total. Uno acepta de verdad que la vida contiene tanto la felicidad como la infelicidad. Así que cuando llega la infelicidad, el mundo de la persona madura no se acaba, como parece sucederles a los emocionalmente inmaduros. El dolor no es algo que hay que rehuir a un costo tan alto que el dolor que resulta de evitarlo se vuelva más intenso de lo que hubiera sido el dolor original. La persona madura tampoco busca e invita el dolor y la infelicidad sólo para evitar la sensación de impotencia que provoca exponerse a ellos contra su voluntad. Pero la persona inmadura sí hace esto con frecuencia, y eso nos lleva al deseo de infelicidad. Nos ocuparemos de esto en un momento.

Primero consideremos el concepto de amor. El concepto equivocado de amor, inherente al concepto equivocado de felicidad, es éste: “Si soy amado, se me rinde homenaje, poseo un súbdito”, como un gobernante posee a sus súbditos. Si observan honestamente sus reacciones en este momento, encontrarán en ustedes sentimientos parecidos, aunque nunca hayan tenido el valor de reconocerlos. El concepto correcto del amor, en el nivel más alto, es siempre y necesariamente: “Amo, independientemente de que tú me ames o no”. De hecho, muy pocos seres humanos han llegado tan lejos. Si ustedes no han llegado tan lejos, no tiene sentido que traten de forzarse a hacer algo que no sienten. Forzar las cosas puede tener un efecto muy malo de varias maneras. La compulsión y la incapacidad de amar así en la realidad aumentarían sus sentimientos de fracaso y culpa. Esto, a su vez, conduciría a una tendencia hacia la autodestrucción. Además, el deseo de sentir este amor ideal y generoso puede ser distorsionado fácilmente por el deseo malsano de sufrir, del que hablaremos en un momento. Así que si no son amados y encuentran imposible devolver amor, simplemente reconózcanlo sin culpa. Si han dejado atrás su deseo infantil de gobernar, podrán tomar esto con ecuanimidad y sin resentimiento hacia la persona que no parece amarlos. En el plano en que se encuentra la mayoría de ustedes, el amor es un toma y daca, una calle de dos sentidos. Pero al revés del concepto infantil, el amor en su concepto correcto no exige un súbdito que satisfaga ciegamente la voluntad de uno, sino que necesita y desea un objeto.

Amigos míos, antes de proseguir esta conferencia, permítanme agregar lo siguiente: Estoy seguro de que ninguno de los que oigan o lean estas palabras les pondrán objeción. Podrán pensar en las muchas ocasiones en las que sentían sinceramente de acuerdo con el concepto correcto… o pensaban que sentían así. Sin embargo, les pido, traten de encontrar las ocasiones en las que fueron incapaces de sentir de acuerdo con el concepto correcto del amor y la felicidad. Todos ustedes, sin excepción, podrán recordar estas ocasiones si realmente lo intentan. Traten de reconocer cuando querían un súbdito y no un objeto. Descubran mediante qué emociones, deseos y reacciones pueden descubrir que esto es cierto. Lo único que necesitan es la interpretación adecuada de sus reacciones y sentimientos en ciertos incidentes, en ciertas ocasiones.

Ahora llegamos al deseo de infelicidad; cómo surge en el alma humana a partir del fenómeno básico complejo y universal de la felicidad mal entendida. Como dije, la personalidad humana encuentra más y más imposible encontrar la felicidad de acuerdo con el concepto equivocado, el único que conoce. En vez de encontrar el camino correcto cambiando el concepto equivocado por el correcto, la personalidad muy frecuentemente lucha contra la corriente, tratando de forzar a la vida a adaptarse al concepto equivocado. Cuando esto resulta imposible se busca otra salida que parece una solución, pero que a la larga es aun más dañina. Inconscientemente, la persona arguye: “Como la felicidad se me niega y la infelicidad es inevitable y se me impone en contra de mi voluntad, sacaré el mayor provecho de esta situación y convertiré una desventaja en una ventaja tratando de disfrutar de mi infelicidad”. Superficialmente, esto puede parecer una solución inteligente, pero desde luego que nunca lo es. Aunque algunos aspectos de la infelicidad pueden disfrutarse de una manera enfermiza, hay otros que son sumamente dolorosos y no pueden disfrutarse en absoluto. Pero ustedes no saben esto; no lo previeron y, cuando surge el dolor, no ven su conexión con el proceso descrito aquí. Como de todos modos todo el proceso es inconsciente, los aspectos no disfrutables de la infelicidad nunca se conectan con el hecho de que fueron autoprovocados. La Humanidad disfruta ciertos aspectos del sufrimiento, aunque jamás reconozca esto conscientemente, a menos que uno esté en un camino de autobúsqueda. Se necesita tiempo, esfuerzo y una intención muy positiva para llevar a la superficie lo que está en el inconsciente.

Extrañamente, de una manera muy distorsionada, el deseo de infelicidad parece asemejarse a un estado de ser más allá de la experiencia de la mayoría de los seres humanos, pues pertenece a un estado de desarrollo mucho más elevado. Algunos de ustedes han oído decir que, más allá de cierto nivel, el placer y el dolor se convierten en una sola cosa. Todavía existe en la memoria superconsciente un vago conocimiento de esto, pero está distorsionado por motivaciones equivocadas, por principios básicos mal entendidos y por maneras poco realistas de enfocar la vida. Así, se le vive de una manera sumamente enfermiza y dañina.

La psique arguye: “Como no puedo evitar la infelicidad, es mejor que la disfrute. Además, quiero aliviar la humillación de que la infelicidad se me impone en contra de mi voluntad, haciendo de mí una presa indefensa. ¡Yo mismo provocaré mi infelicidad! Entonces ya no estaré tan indefenso”.

Esta “salida” también toma la forma del siguiente argumento interno: “Como sólo hay blanco y negro, y el blanco se me niega, voy a disfrutar del negro más negro”. Este proceso interno hace que toda la reacción en cadena adquiera un impulso renovado. Como el deseo de infelicidad es inconsciente, las heridas que se van sufriendo en el proceso de provocar la infelicidad hacen que se sientan ustedes aún más insuficientes, y que el mundo parezca aún más cruel e injusto.

No hace falta decir, amigos míos, que ninguno de estos pensamientos es consciente. Son argumentos enteramente inconscientes. Pueden rastrear las emociones y las reacciones sólo aplicando ciertos métodos a su trabajo, aprendiendo a analizar sus hallazgos desde un ángulo nuevo. Entonces descubrirán cómo actúan de maneras sutiles y ocultas para provocar a las personas y crear situaciones negativas, de modo que puedan coleccionar incidentes tristes, injusticias, heridas, males y daños. Una vez que reconozcan cómo han provocado todo esto de maneras muy, muy sutiles, también podrán descubrir lo que disfrutan de ello, no importa cuánto detesten algunos aspectos de su infelicidad en su mente consciente. Todo esto rara vez pasa de una manera muy obvia, aunque a veces es evidente para otros, pero no para ustedes. La mayor parte del tiempo ocurre tan sutilmente que escapa de su atención, a menos que verdaderamente deseen notarlo.

Me gustaría insistir de nuevo en que el gozo que derivan de la infelicidad que provocan nunca se siente como algo verdadera y totalmente disfrutable. Si lo fuera, la solución sería verdadera y realista. Pero como no es ni lo uno ni lo otro, sufren, mientras que al mismo tiempo disfrutan de ciertos aspectos de la infelicidad que producen. Podrían disfrutar, por ejemplo, de la provocación misma, de manera tan sutil que esto, también, escape de su atención. O podrían disfrutar de la lástima que sienten por sí mismos por ser tan infelices.

Supongamos que van a conocer un amigo nuevo. ¿Cuántas veces contemplan esta reunión con resistencia, una actitud negativa, dudas y muchos otros sentimientos destructivos? Superficialmente uno podría decir que esto sólo denota pesimismo. Pero si examinan el núcleo de sus sentimientos, encontrarán un rincón oculto en el que no desean tener una experiencia feliz, así que la sabotean con todas estas actitudes negativas. Si realmente desearan un resultado feliz, mostrarían una disposición interior que seguramente les traería éxito. Con frecuencia, en la medida en que falta la disposición interior, la sobrecompensan con una disposición externa superficial, que, sin embargo, jamás sustituye la falta de verdad dentro de ustedes. En algunos casos, hasta la máscara exterior superficial falta. Y, no obstante, cuando se produce el resultado infeliz, se engañan pensando que realmente no fueron ustedes quienes lo produjeron. Si analizan sus emociones en estos incidentes, u otros similares, descubrirán sin duda que la falta de disposición interna, la vocecita interior que dice “no”, sí existe en ustedes a pesar de lo mucho que deseen conscientemente el resultado feliz. Como este resultado feliz sería, de todos modos, una segunda mejor opción si se le compara con el gobierno completo que inconscientemente desean ejercer, prefieren destruir lo que está dentro del ámbito de lo posible, y en su lugar piden dolor y sufrimiento. Una vez que descubran todo eso, y vean por experiencia que es una verdad dentro de ustedes, como han experimentado otras verdades en el curso de su trabajo en el Pathwork, estarán en camino de dejar atrás la prisión del sufrimiento autoinfligido debido a errores y falsos conceptos.

Esto es muy importante para todos ustedes, amigos míos, pues este predicamento es universal y lo abarca todo. Ha llegado el tiempo para todos ustedes que trabajan en este Pathwork de investigarlo tan de cerca y tan honestamente como sepan hacerlo.

Suele decirse que la autodestrucción—es decir, el deseo de infelicidad—es el resultado de sentimientos de culpa profundamente arraigados. Esto es cierto sólo en parte. Más bien es al contrario. No existe ningún sentimiento de culpa y de vergüenza más grandes en el alma humana que la culpa que se deriva de provocar y coleccionar infelicidad. Tal vez pregunten por qué debería esto causar más sentimientos de culpa que cualquier otra cosa. Puedo decir con seguridad que la culpa y la vergüenza que surgen de provocar infelicidad y recopilar tristezas es la madre de toda la culpa y la vergüenza, y es la raíz de todos los demás sentimientos de culpa. Todos los sentimientos de culpa y de vergüenza que han encontrado hasta ahora son niveles superficiales y encubrimientos de la culpa real. La prueba de esto es que los sentimientos de culpa que han desenterrado y reconocido siguen presentes. No han desaparecido. Si hubieran encontrado la verdadera razón, la culpa habría desaparecido, pues entonces habría ocurrido inevitablemente un cambio de actitud. Mientras un verdadero hallazgo no les permita todavía cambiar su actitud, de manera que las emociones sanas puedan empezar a crecer, ese hallazgo aún no es suficiente; una verdad básica que todavía no descubren.

Muchos de ustedes están listos ya para enfocar esta parte de su alma. Desde luego, no pueden hacer esto solos. Cuando hayan encontrado y estén listos para hacer frente a todo esto dentro de ustedes mismos, cuando verdaderamente experimenten estas emociones y las vivan, su vida gradualmente empezará a cambiar en muchos sentidos. Porque reconociendo una y otra vez las maneras en que invocan la infelicidad, dejarán de invocarla, pues saben que ya no la necesitan. Dejarán de desear ser gobernantes cuando hayan alcanzado una perspectiva más madura de la vida. En la medida en que descubran dentro de ustedes el deseo de gobernar a los demás y aprendan a renunciar a él voluntariamente, renunciarán también a provocarse infelicidad y tristeza. No es fácil llegar al punto en que realmente experimenten todas estas emociones, en que su presencia deje de ser una mera teoría intelectual. Mientras sólo sea una teoría, su descubrimiento no les ayudará en lo más mínimo. Mientras observen esta tendencia sólo en los demás, pero no en ustedes mismos, tampoco se ayudarán. Pero con el método adecuado y, sobre todo, con su voluntad de hallar esto en ustedes, después de hacer algunos reconocimientos dolorosos, venciendo la resistencia a hacerlos, encontrarán la confirmación de cada una de las palabras que he dicho. Es necesario que encuentren estos sentimientos ahora. Si los encuentran, experiméntenlos, sáquenlos de su escondite y asúmanlos; tendrán en las manos una llave importante.

Repito: no hay excepción. Ningún humano está completamente libre de lo que acabo de describir. Puede manifestarse de muchas maneras y grados diferentes en distintos seres humanos. Una persona puede provocarse infelicidad y coleccionar tristezas en un grado alto, mientras que otra puede expresar más abiertamente la demanda de gobernar. Existen muchas variaciones, regidas por el temperamento, la personalidad y las tendencias de carácter; y también por ciertos factores ambientales en los años formativos. Pero esta desviación humana existe, al menos en cierto grado, en todos. La medida de ella está determinada por la capacidad del humano en crecimiento de asumir el mundo de la realidad, aceptándolo a cambio del mundo de utopía que desea el bebé. La convicción intelectual y el comportamiento externo no son en modo alguno una indicación de la actitud interior.

Tal vez hayan adivinado que la actitud humana o proceso interno universal que acabo de describir no es una “imagen”, ni personal ni colectiva. Subyace a todas las imágenes. Es una condición básica. Las imágenes personales o colectivas que afectan al individuo siempre están determinadas por la manera específica en que se expresa la condición humana básica descrita aquí, y por la medida en que puede o no ser asimilada o confrontada a medida que crece la personalidad. Si consideran todas sus imágenes con esto en mente, fácilmente verán que esta condición básica influye y subyace a todas ellas.

He mencionado ocasionalmente, y de manera específica en una conferencia sobre el círculo vicioso básico, que el autocastigo y la autodestructividad son factores muy fuertes del carácter humano. Si agregan lo que les he dicho esta noche, el círculo vicioso básico se volverá más claro y comprensible para ustedes. En esta conferencia quería yo explicar la autodestructividad en términos más fundamentales, ya que nos estamos acercando a un nivel más profundo en su trabajo.

También me he referido en algunas sesiones privadas al “ser idealizado”. Ahora entenderán el significado de ese término. Aprendan a analizar a su ser idealizado, lo que su inconsciente quiere que éste sea, lo que debe lograr y con qué propósito. Al analizar sus fantasías y deseos, siempre encontrarán el mismo común denominador: el deseo de ser perfectos a fin de alcanzar la felicidad, a fin de gobernar el mundo que los rodea. Sin pensarlo bien, indudablemente dirán: “No, yo no tengo el menor deseo de gobernar a otros; eso no es cierto”. Pero, ¿a qué equivalen sus muchas emociones? ¿Acaso no desean ser perfectos para que las demás personas hagan exactamente lo que ustedes quieren? ¿Acaso no desean ser amados y aprobados por todos, sin excepción? Si son honestos consigo mismos acerca de sus emociones consideradas desde este nuevo punto de vista, tendrán que admitir que su respuesta es “sí”, aunque ciertamente nunca han expresado el deseo de gobernar en esos términos. El principio de gobierno es inherente a todas las almas, y necesitan encararlo, amigos míos, antes de que realmente puedan romper sus cadenas. Sin reconocer esto, no lograrán reconocer su deseo de infelicidad, sus provocaciones en ese sentido; y es muy importante que las encaren y las vean bajo la luz de la verdad.

Si realmente se pueden aceptar—en sus emociones más profundas, no sólo en teoría y con el intelecto—como uno más de la larga fila de la Humanidad, tan imperfecto como todos, agradable para unos, desagradable para otros, habrán alcanzado la verdadera madurez. Ya no sentirán que es necesario dañarse invitando la infelicidad. ¡Pero qué pocas personas son capaces de hacer esto! Siempre sufren intensamente cuando no son aprobados. Esto puede hasta quitarles el sueño algunas veces, o la tranquilidad. Lo encuentran tan insoportable que ni siquiera pueden reconocer el menor acto malo. Luchan y luchan contra estos reconocimientos. ¿Por qué? Porque destruirían su imagen idealizada. Su vida parece estar en peligro, ya que toda felicidad parece írseles de las manos si no pueden mantener su imagen idealizada. Este comportamiento es el del bebé que reacciona dentro de ustedes; su cerebro trata de asimilar el clamor del bebé de una manera racionalmente aceptable, pero esto no les trae paz. La paz será suya sólo si aprenden a ver, encarar y renunciar al concepto infantil de la felicidad, el gobierno y la perfección. El ser idealizado siempre es una expresión de esta actitud básica, independientemente de qué forma o manera tome en la personalidad individual.

Se aferran ferozmente a esta actitud básica, y no se dan cuenta del precio tan alto que pagan por ella. No necesitarían sufrir si tan sólo estuvieran dispuestos a reconocer la falsedad de todo esto y a renunciar al concepto y al deseo. Al sacar a la luz al bebé que llevan dentro, pueden enseñarle a querer renunciar a algo inservible. Oculto, el bebé seguiría destruyendo su vida, no importa lo mucho que trataran de evitarlo en los actos exteriores, ni cuánto absorbieran con el cerebro.

Algunos de ustedes se preguntarán cómo se relaciona todo esto con la imagen de Dios. Puesto que la imagen de Dios y esta condición son básicas, ¿cómo se combinan? En su trabajo con la imagen de Dios o la imagen de la Vida—para algunas personas esta última expresión puede ser más adecuada—han encontrado generalmente un aspecto específico: su temor irrazonable de Dios, el monstruo creado por sus conceptos equivocados, que reside en su inconsciente. Como saben, en su imagen de Dios este dios parece injusto, insuficiente, débil y, por lo tanto, arbitrario y cruel. Como tal, hay que temerlo. Ustedes saben que estas emociones existen, independientemente de su concepto consciente. Este aspecto de la imagen de Dios se relaciona con el tema que acabamos de tratar. Como ustedes quieren felicidad según su idea, y la vida, o Dios, se las niega, tanta más razón tienen para temer a Dios. Les parece a ustedes que no tiene sentido que se les niegue lo que desean. Les parece injusto e irrazonable. Así que fácilmente pueden ver la conexión.

Pero hay un aspecto más de la imagen de Dios que muchos de mis amigos no han encontrado aún, o por lo menos reconocido completamente, y es el siguiente: “Como sólo puedo alcanzar la felicidad siendo un gobernante omnipotente, yo mismo tengo que ser un dios. Por lo tanto, quiero ser Dios. ¿Por qué debo someterme a este dios cruel, rencoroso, vengativo, insuficiente, que nos inflige tanto sufrimiento? Yo podría hacerlo mucho mejor. Yo sería más benigno que Él si se hiciera mi voluntad, si fuera amado y aprobado. No tengo la intención de ser cruel si las personas hacen lo que yo quiero. Por lo tanto, sé más que Dios, así que quiero asumir el gobierno de mi pequeño universo”. Poco importa si ese universo es la habitación del bebé, la casa, el círculo de amigos y conocidos de la ciudad o del país. Su universo siempre es tan grande como el ámbito del ojo interno y el alcance de la percepción interna, no los del conocimiento externo. Vuelvo a repetir, jamás tienen ustedes estos pensamientos conscientemente y en términos tan burdos. Pero si revisan y analizan sus emociones en cuanto a su contenido real, verán que equivalen exactamente a eso. Les recomiendo que traten de encontrar este aspecto de la imagen de Dios en ustedes, amigos míos, si todavía no lo ven con claridad.

Con gusto les ayudaré a todos ustedes individualmente a encontrar la condición básica que les expliqué esta noche. Con cada uno de ustedes el modo puede ser diferente. Tenemos que encontrar el enfoque más apropiado para cada individuo. Esta será una fase nueva y muy importante de su trabajo ahora. ¿Hay preguntas sobre este tema?

PREGUNTA: ¿Diría usted que disfrutar de la infelicidad es lo mismo que “Weltschmerz” (hastío del mundo)?

RESPUESTA: Ese es sólo un aspecto, como la lástima de sí mismo, por ejemplo. Pero la forma más burda de gozar de la infelicidad es disfrutar del proceso de provocar la situación que producirá esa infelicidad.

PREGUNTA: ¿Podría explicar con más detalle la afirmación de que el dolor y el placer son la misma cosa en la forma sana y desarrollada?

RESPUESTA: Trataré de encontrar las palabras adecuadas, ya que es difícil transmitir en el lenguaje humano limitado algo que casi nunca experimentan los seres humanos y que, por lo tanto, está fuera del ámbito de su comprensión.

Trataré de explicarlo así: La personalidad que ha alcanzado este estado no es afectada por eventos negativos y, por lo tanto, es verdaderamente independiente. El dolor, o lo que causaría dolor a alguien que no ha alcanzado este estado, tendrá en ella un efecto creativo y edificante que producirá crecimiento interno, y fuerza y libertad adicionales. Si bien sabe que el dolor es inevitable, no lo busca: lo toma con calma y le permite estar al servicio de un propósito constructivo. Cuando este propósito se cumple, deja de ser dolor. Uno puede observar esto, hasta cierto grado, en un ser humano que verdaderamente esté progresando en este camino. Llega a su vida un suceso doloroso. Primero sufrirá. Pero en vez de prolongar innecesariamente el periodo de sufrimiento regodeándose en el sentimiento de que éste no tiene sentido, sin darse cuenta de lo que puede aprender de él, muy pronto llegará al punto en que el suceso doloroso le dé un importante reconocimiento nuevo acerca de su alma, liberándolo para siempre de algunas cadenas de ignorancia y oscuridad. En el momento en que llega a este reconocimiento cesa el dolor, aun cuando la circunstancia exterior que lo causó siga existiendo. Así, el incidente mismo que le ha causado un dolor intenso antes del reconocimiento se convierte ahora en una fuente de alegría. Y me refiero aquí a la alegría sana y constructiva que no deja un resabio amargo.

Cuanto más alto es el desarrollo de la entidad, más breve es el periodo de sufrimiento y más rápida es la aparición del momento en que el incidente negativo deja de ser doloroso, hasta que finalmente la hora del reconocimiento y la alegría ocurre al mismo tiempo que tiene lugar la experiencia “dolorosa”. Cuando se alcanza este estado, el dolor y el placer se vuelven verdaderamente uno. Entonces trasciende uno el mundo de los opuestos.

No deben esperar en esta vida alcanzar el punto en que el dolor se convierte instantáneamente en placer. De hecho, ésta sería una expectativa peligrosa, ya que se acerca mucho a la actitud malsana de buscar el dolor que está en ustedes de todas maneras. Además, los llevaría al rechazo de la vida tal como es en su realidad, es decir, una mezcla de dolor y placer. Sólo aceptando plenamente ambos pueden dejar de invitar el dolor de una manera malsana, y así, constante pero lentamente, se acercarán al punto en que cese el dolor. Así que ni siquiera busquen eso. Simplemente traten de hacer de la experiencia dolorosa una experiencia constructiva. Ese es el mejor y único camino por ahora.

PREGUNTA: ¿Podría decir usted entonces que algunos de los mártires de la Iglesia Católica, por ejemplo, confundieron las dos actitudes?

RESPUESTA: Sí, con mucha frecuencia.

PREGUNTA: ¿En otras palabras, lo que el ser humano puede hacer, si entendí bien, es tomarlo como un concepto filosófico?

RESPUESTA: Sí. Cuídense de querer intentarlo por ahora, ya que puede ser exactamente lo contrario de lo que realmente quieren y necesitan para su alma.

Sean benditos todos ustedes, todo este grupo. Que la luz, la fuerza, la verdad y el amor divinos fluyan a través de ustedes y aligeren su carga. ¡Queden en paz, queden con Dios!

Dictada el 5 de febrero de 1960.