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Pathwork

Conferencias del Guía

Conferencia 113. La identificación con el ser

Saludos, mis queridos amigos. Bendiciones para cada uno de ustedes. ¡Bendita sea esta hora! Que todos obtengan un beneficio de estas palabras, aunque la comprensión real muchas veces llegue más tarde, cuando alcancen en su interior todos los niveles a los que se aplica el contenido de una conferencia específica.

Cuando encuentran sus conflictos interiores correspondientes, entonces estas conferencias realmente adquieren sentido. A veces esto sucede sólo años después de que han escuchado o leído una conferencia. Pero cuando sucede, llegan a una comprensión enteramente nueva. Entonces entienden la diferencia entre la comprensión intelectual y la emocional.

A mis amigos nuevos no les resultará fácil entender esta conferencia, por la razón misma que acabo de mencionarles. Incluso los que ya siguen este camino no siempre pueden comprender en realidad el material. ¡Cuánto más difícil es entonces para alguien que no esté comprometido con la autoexploración! Incluso la comprensión intelectual es imposible si no están familiarizados con las pláticas que anteceden a ésta. Con todo, podrían sentir un eco interior profundo proveniente de algún pensamiento expuesto aquí, que tal vez tarde o temprano los traiga a este camino de liberación. Puede sembrarse una semilla que fructifique más adelante.

Y ahora, amigos míos, deseo hablar de un tema que no he tratado antes, la identificación con uno mismo, a diferencia de la identificación con otros. La última vez hablé de la relación de la Humanidad con el tiempo. Dije, en esencia, que las personas muy rara vez viven en el ahora. Se adelantan al futuro o se retraen al pasado. Con frecuencia, estos dos movimientos contradictorios ocurren simultáneamente. En ambas alternativas, se alejan del ahora.

Sólo cuando viven en el ahora viven en la realidad. No pueden vivir en la realidad cuando se sitúan en el futuro, porque ese futuro tal vez nunca se presente exactamente de la manera en que lo esperan, lo imaginan o lo temen. Pero supongamos, teóricamente, que fuera posible imaginar el futuro exactamente como será, lo que, desde luego, nunca puede suceder. Incluso en ese caso, seguirían viviendo en la ilusión, porque el resultado no ocurre en el momento en que piensan en él. Por lo tanto, no experimentan el futuro en la realidad, sino sólo en la fantasía.

Del mismo modo, si retroceden al pasado, aun cuando traten de revivirlo exactamente como fue—si esto fuera posible, lo que, de nuevo, no es—seguirían viviendo en la ilusión, porque ese momento de su recuerdo es un nuevo segmento de tiempo. Reaccionan en la fantasía, viven en la fantasía, y no en la realidad del ahora. Una de las características de la realidad es su constante estado de flujo; no es estática.

Sobra decir que no pueden duplicar exactamente el pasado, como tampoco pueden imaginar un futuro y vivirlo. Sus propios matices subjetivos, que provienen de sus deseos y sus miedos, distorsionan la realidad, los ciegan a los factores que existieron o existirán, incluidos los cambios en su propia actitud mental y sus sentimientos, aunque deliberadamente traten de negarlos y frenar así su crecimiento, a fin de vivir su fantasía. Tienen miedo de permitir que el flujo natural del tiempo se convierta en parte de su alma debido a sus errores conceptuales.

Si pudieran confiar en el flujo del tiempo, en la cualidad benigna de su movimiento y en el crecimiento que puede fomentar, podrían permitirse poner sus facultades interiores en armonía con él. Ya no necesitarían entonces manipular el tiempo reteniéndolo ni empujándolo hacia delante. No necesitarían tener miedo ni desear una realización en el futuro. Tampoco tendrían que regresar al pasado para encontrar satisfacción. Después de todo, esto sucede porque no confían en el futuro; no confían en sí mismos para vivir el ahora cuando el futuro llega.

Esta desconfianza suele justificarse en parte, porque sus conceptos y actitudes destructivos y poco realistas les impiden la realización en el ahora. Pero al querer regresar al pasado o adelantarse al futuro buscan el remedio equivocado para estas obstrucciones. Buscan una salida fácil en vez de encarar lo que les impide vivir tan plenamente como deberían.

A fin de vivir en el ahora, en la realidad, tienen que tener un sentido agudo de su propia realidad. Con demasiada frecuencia les falta esto. De hecho, la mayoría de las personas no se experimentan a sí mismas en la realidad. Esto sucede casi siempre por medio de un proceso sutil. Rara vez se le puede identificar con precisión o demostrar, salvo en estados muy avanzados. La mayoría de ustedes probablemente estén convencidos de que sí tienen un sentido de su propia realidad; sin embargo, al examinar más de cerca ciertos síntomas, finalmente descubrirán que no es así. El descubrimiento siempre es el primer paso para eliminar una condición destructiva.

Todos mis amigos han pasado por experiencias similares antes. Exterior y conscientemente nada parecía indicar que algo estuviera mal. Estaban convencidos de que todo iba bien en un aspecto dado. Sólo después de un examen más atento descubrieron que, muy profundamente oculto, todo lo contrario era cierto. Entonces entendieron que esta distorsión oculta destruía muchas posibilidades de vivir con plenitud, de alcanzar la felicidad y el sentido de la vida.

Encontrar lo que es jamás puede dañarlos. ¡No ver es lo que realmente los daña! Con el tiempo descubrirán esto.

Antes de hablar más acerca de la autoidentificación, me gustaría describir algunos síntomas por los que pueden empezar a detectar que no viven en el ahora, y que, por lo tanto, no se sienten reales. El síntoma más craso es no sentir que su propia muerte es una realidad. Experimentarse uno mismo como mortal no es negativo ni morboso, como suele creerse. Un sentido realista de la propia mortalidad nunca es una carga. Nunca es deprimente ni provoca miedo. Jamás disminuye el ahora, ni la realidad de vivir, independientemente de las creencias que uno tenga del más allá. Todo lo contrario. Los que nunca experimentan la realidad de su mortalidad tienen un miedo morboso a la muerte. Si no sienten su mortalidad como algo real, no pueden sentir su vitalidad como algo real.

Hay, desde luego, muchos otros síntomas menos extremos que indican su falta de autoidentificación. Por ejemplo, en un momento fugaz pueden descubrir que lo que sus pensamientos, sentimientos o palabras en una conversación parecen es más importante de lo que son en realidad. La distinción no es fácil de hacer porque es sutil, pero una vez que la descubren, se destaca y les muestra la diferencia vital entre la identificación con el ser y con otros; entre experimentarse a sí mismos como reales y no. Incluso los sentimientos, los pensamientos y las experiencias interiores más vitales suelen desplazarse de esta manera, para producir un efecto, una impresión en otros.

O bien pueden descubrir, de una manera fugaz y vaga, que su actitud acerca de sus acciones, pensamientos y sentimientos está gobernada por la idea de: “Si tan sólo otros pudieran verme actuar, pensar y sentir de esta manera”. En este momento de descubrimiento, detectarán que desplazan su sentido de identidad de ustedes a otros. Por lo tanto, su sentido de su propia realidad se vuelve dependiente de otros. Viven a través de otros.

Ahora bien, amigos míos, no quiero que malinterpreten mis palabras. No deseo que crean que cuando menciono estos síntomas los estoy reprendiendo e invitando a cambiar rápidamente. Como sucede con cualquier otra distorsión interna de las que nos hemos ocupado en este Pathwork, tratar deliberadamente y por la fuerza de eliminarla sólo empeorará la condición porque entonces se identificarían conmigo y no consigo mismos. Simplemente obedecerían a otra autoridad. Simplemente desplazarían su identificación.

En vez de tratar de corregir inmediatamente lo que observan, denle la bienvenida como un síntoma que los conducirá, como una ruta bien trazada, a una comprensión y una conciencia más profunda de ustedes.

Y ahora abordaremos el tema de la identificación más directamente. Hasta cierto grado, su psicología actual se ha ocupado, desde luego, de este tema, pero yo deseo examinarlo con un poco más de profundidad.

Cuando nace el bebé y se convierte en niño, su ego es todavía tan débil que no puede sostenerse. Como lo hemos analizado en otros contextos, el niño depende del mundo adulto, más poderoso. Todos entienden esta dependencia. Los niños dependen de otros para su alimentación, la protección contra el peligro y la vivienda.

Pero los cuerpos sutiles tienen su propia vida, que funciona de acuerdo con leyes similares a las leyes físicas. El niño depende no sólo para su existencia física, sino también para su existencia emocional, intelectual y espiritual. Los niños necesitan amor tanto como alimento. No pueden obtener ninguna de estas cosas sólo de los frutos de sus propios recursos.

Sin embargo, los adultos maduros no esperan impotentemente a ser amados. El amor les llega por medio de su propia capacidad de amar y relacionarse. Nunca se sienten inseguros e impotentes porque no tengan amor. Siempre que detecten esta inseguridad en ustedes, ahora ya saben que indica inmadurez emocional. El amor es un ingrediente esencial en la vida. Pero el ego débil del niño es en realidad dependiente. El adulto maduro no depende más de otros para recibir amor que para conseguir el sustento físico.

De igual modo, los niños no son capaces de formar sus propias ideas. No pueden distinguir entre la razón, el sentido común y sus opuestos. Dependen de que otros los provean de las ideas y principios que les sirvan de guías para crecer. Negar a los niños estas guías no promovería su independencia. Por el contrario, si permiten que los niños mueran de hambre, no estarán mejor equipados para la lucha por la existencia. Si no les dan amor, no serán más capaces de amar. Todo lo contrario. Sólo cuando los niños crecen, siempre que este crecimiento sea orgánico, poco a poco cortarán con lazos con los padres y se pararán con sus propios pies económicamente; desarrollarán su capacidad de amar de manera que no dependan de que se les brinde amor; discriminarán entre las ideas que han aprendido y descartarán lo que no pueden aceptar, o tal vez regresarán a las mismas ideas después de descubrirlas por sí mismos.

Este proceso establece el alma y el espíritu. El vínculo de dependencia de la autoridad paterna se corta. El espíritu sano romperá este vínculo, aun si los padres no alientan esta ruptura, sino que tratan posesivamente de mantener intacto el lazo.

Sin embargo, el espíritu, o el alma, que está cargada de problemas no resueltos no deseará romper este vínculo, sino que hará todo lo posible por mantenerlo, a menudo de maneras precarias, ocultas y distorsionadas. Desgraciadamente, la independencia emocional suele malinterpretarse como aislamiento, mientras que la negativa a involucrarse con el mundo aferrándose frenéticamente a la dependencia se interpreta como la capacidad de amar. Si sopesan lo anterior, no pueden dejar de ver que lo cierto es todo lo contrario. Las personas maduras se paran, exterior e interiormente sobre sus propios pies, y esta postura permite el intercambio mutuo en las relaciones.

Debajo de la negativa interior e inconsciente de cortar lazos con la autoridad protectora reside la identificación con esa autoridad. Los niños necesitan un buen ejemplo a partir del cual moldear su ego, lo que más adelante les da la posibilidad de ser libres. Pero si el buen ejemplo sirve sólo para perpetuar la identificación, y por ende impedir la autoidentificación, el propósito original se ha tergiversado. En este caso, los niños quieren convertirse en el padre con el que se identifican favorablemente, y más tarde tratan de ser ese padre, en vez de encontrarse y ser ellos mismos.

Es importante entender que esta identificación puede no ser obvia en la superficie. También es necesario buscar identidades negativas. En otras palabras, un padre o madre a quien uno odia y ciertamente no quiere emular, puede, en un nivel inconsciente, ser el objeto de la identificación. En el miedo mismo de ser alguna vez como este padre, aunado a la sospecha de que uno bien podría serlo, hay una identificación arraigada con, tal vez, una sensación vaga de que este padre quizás sea mejor pese a sus rasgos odiosos. En suma, toda esta preocupación, aunque muchas veces inconsciente, puede ser una identificación negativa. El vínculo con el padre indeseable puede ser aún más difícil de romper que el lazo con un padre amado. Es muy importante que entiendan esto, amigos míos.

Para el niño, la identificación positiva es deseable. Para el adulto, una identificación positiva suele ser tan indeseable como una negativa, porque ambas impiden la evolución del ser.

Los prevengo de tratar de declarar o evaluar cómo se identifican con otros simplemente con su intelecto. Esto puede ser muy engañoso. Sólo un trabajo extenso sobre este tema les revelará la verdad. Conscientemente pueden admirar y desear emular a un padre y despreciar al otro. Sin embargo, en el curso de este trabajo, muchos de ustedes han descubierto que tienen actitudes y patrones de conducta similares a los del padre despreciado. Muchas veces esto los impactó. Pero estas percepciones interiores indican que se identifican con el padre mismo al que menos desean parecerse. Así que tengan cuidado con los juicios rápidos.

Inconscientemente buscan sustitutos de sus padres, quienes fueron los objetos originales de la identificación. Con frecuencia, esta sustitución ocurre no sólo entre individuos, sino también entre grupos nacionales, religiosos y políticos. En esta distorsión psicológica, aun los grupos minoritarios, que se rebelan contra la mayoría, pueden servir a los individuos como un medio de identificarse con ellos. La conformidad es una consecuencia de la necesidad de identificarse con alguien más poderoso. La conformidad puede presentarse con el disfraz de la falta de conformidad, especialmente si este individualismo es muy tenso y se hace mucho alarde de él. Así, muy a menudo, una minoría rebelde piensa que es libre, y, de acuerdo con todas las apariencias, desafía la conformidad. Pero siempre que existe la necesidad urgente de demostrar que algo existe, uno puede ciertamente encontrar una falla debajo.

Los individuos verdaderamente independientes y libres no tienen que hacer alarde de ello. No tienen que convertirse en militantes. Así pues, una minoría rebelde y no conformista muy bien puede servir de autoridad sustituta con la cual identificarse.

Las personas también pueden identificarse con causas. No importa lo buena que pueda ser la causa en sí, si sirve de sustituta de la autoidentificación, existe un daño. Éste no radica en que abracen esta causa valiosa, que crean en ella y que trabajen por ella—todo esto bien puede hacerse con libertad interior—sino en su necesidad de sustituir algo fuera de ustedes mismos en lo cual apoyarse porque no han encontrado en qué parte de su interior siguen siendo débiles como un niño. Mientras no hayan entendido el motivo oculto para abrazar la causa, siguen sintiéndose obligados a identificarse con una autoridad exterior.

No propugno una vida en la que se aparten de todas las ideas, grupos, lealtades y causas. Esto sería aislarse, e incluso ser irresponsables con la sociedad. Pero hay una gran diferencia, amigos míos, entre abrazar una causa por convicción sana y libertad interior, sosteniéndose con sus propios recursos interiores, y usar una causa valiosa para reemplazar el pozo que existe dentro de ustedes, en espera de ser aprovechado.

La forma extrema de la identificación con otros debido a un ego débil es la conformidad con la opinión pública, en la que repiten como loros las opiniones de otros. Esta condición existe en casi todos los seres humanos, de una forma u otra, sólo que de una manera sutil que es difícil de detectar. Eso desde luego no significa que no sea importante descubrirlo y superarlo.

Hace un tiempo dicté una conferencia sobre la autoenajenación. Sobra decir que hay una conexión entre ese tema y el que estamos examinando ahora, aunque no son lo mismo. La autoenajenación viene de la falta de identificación con el ser. En otras palabras, la autoenajenación es un efecto, mientras que la autoidentificación es una causa. Siempre que descubran en ustedes una dependencia emocional de otros, pueden estar seguros de que, en algún aspecto, no han establecido su individualidad. Siempre que sientan un temor vago de que otros no los provean de lo que necesitan y esperan de ellos—sea ayuda económica, aprobación, amor o aceptación—, siempre que la angustia les indique que están lidiando con algo más que la necesidad natural de interdependencia humana, lo que nunca causa angustia ni otras emociones negativas, bien podrían visualizar la necesidad de recibir su sangre de fuentes externas a ustedes. Que este estado de cosas no es natural ni necesario apenas necesita señalarse, una vez que lo ven con claridad. De esta percepción interior se infiere que pueden cambiar; que no tienen que vivir en esta inútil dependencia, que los debilita en lugar de fortalecerlos.

No pasen por alto su rebeldía contra la necesidad de que se les acepte o se esté de acuerdo con ustedes. Saben por experiencias pasadas que detrás de esta rebeldía muy a menudo descubren una necesidad de lo mismo contra lo que se rebelan.

Cuando el cordón umbilical emocional y espiritual no se ha roto, el ser no puede crecer. Puede crecer sólo en un grado muy limitado, así como el bebé en el útero de la madre puede crecer sólo hasta cierto punto. A fin de que haya mayor crecimiento, el bebé tiene que evolucionar; el cordón umbilical tiene que cortarse. Sólo entonces es posible un mayor crecimiento físico.

El proceso no es distinto en lo que se refiere a la personalidad interior. Cuando el cordón umbilical interior no se corta, ustedes dependen, en el sentido más estricto, de otros para tener derecho de existir. Todos los aspectos psicológicos de apaciguar, traicionar y autoenajenarse, simplemente indican que todavía no han sido capaces—por lo menos en ciertas áreas—de identificarse con ustedes mismos. Por lo tanto, no tienen un sentido de su propia realidad y no pueden experimentar cada momento de vida en toda su plenitud.

Siempre que existe esta falta de individualidad, esta dependencia de otros, invariablemente descubren que tratan de usar a los demás. Como se condenan a vivir una vida parasitaria, no pueden evitar usar a aquellos de los que dependen. En este usar oculto pueden encontrar la distorsión de su “amor” imaginario. Fingen amar cuando simplemente necesitan y tienen que usar porque sin estas manipulaciones se imaginan que se hunden. Sienten que no tienen otra realidad más que la que otros les otorgan.

Cuanto más usan a aquellos a quienes necesitan, más débiles se vuelven; y, por lo tanto, más se convencen de que necesitan a otros que los fortalezcan.

Vivir en el ahora es vivir en la ola del tiempo. En su dimensión, el tiempo fluye con cierto ritmo. Este movimiento puede determinarse con las estaciones, con el día y la noche, con las posiciones de los planetas que constantemente orbitan en el espacio. Sus movimientos crean olas rítmicas. A lo largo de los siglos, la Humanidad ha experimentado en un grado mínimo ciertas leyes del movimiento rítmico del tiempo; por ejemplo, en la astrología. Sin embargo, sólo se ha adquirido aquí una comprensión muy limitada. Pero todo el mundo conoce y expresa esta sensación en términos de tener buenas o malas rachas. Lo que uno emprende durante las buenas rachas tiene resultados buenos. Uno se siente más libre de lo habitual, a pesar de que haya condiciones problemáticas. Uno tiene una perspectiva esperanzadora, y la realización llega por lo menos en cierto grado. Y luego hay tiempos en la curva descendente de la ola cuando todo parece ir mal. Los que perseveran con un deseo sincero de encararse con la verdad, tarde o temprano tendrán estas malas rachas. En realidad son manifestaciones de la desarmonía que las personas han creado en su relación con el tiempo. Cuando estas épocas producen victorias y comprensión, ya no experimentarán la curva descendente rítmica como algo deprimente, molesto o desventajoso. Cada momento de vida, experimentado plenamente en la realidad del ahora, producirá entonces una aventura y una emoción serena y armoniosa, una vida vibrante y digna de vivirse.

Pero esto no puede suceder a menos que aprendan primero a entender y evaluar su negatividad, y, por ende, sus malas rachas. Entonces estarán en armonía con su dimensión del tiempo. Entonces se experimentarán en la realidad. Esta paz, esta ancla interior, no puede describirse con palabras. No puede reemplazarse con ninguna otra meta.

Hay riquezas contenidas en cada alma individual. Son suyas con tan sólo pedirlas. Suele ser triste para nosotros ver que la gente se vuelve en la dirección equivocada para buscar la satisfacción que vagamente siente que existe. Sólo cuando hayan explotado su riqueza interior dejarán de esforzarse por relegar el ahora y alejarse de ustedes mismos. No obtendrán este sustento de otras fuentes. Mientras sigan dependiendo de una fuente de vida ajena, tendrán que recurrir a todo tipo de tácticas que debilitan aún más a su ser real.

Es muy importante que entiendan interiormente lo que les expliqué acerca de usar a otros. No apliquen mis palabras sólo a la manifestación exterior extrema de usar a otros; traten de verla en su versión más sutil en la que tienen que usar a otros ya que su vida parece depender de ellos. Por lo tanto, concluyen que necesitan tener el control. Muchos de mis amigos han empezado a ver en sí mismos esta fuerte tendencia a necesitar el control. Cada individuo recurre a distintos medios para ejercer el control. Cada uno de ustedes tiene que descubrir cómo se aplica esto a su persona; cuáles son sus medios específicos; cuánto miedo sienten de perder el control; cómo destruyen relaciones a través de una batalla mutua por tener el control, en la que cada uno actúa como si fuera una lucha por la supervivencia; cómo distorsionan los asuntos en esta pelea poco realista por sobrevivir; cómo echan a perder el crecimiento de la mutualidad y la realización. La necesidad de controlar los lleva a manipular a otros, a ustedes mismos y sus sentimientos vitales y naturales. Mediante este proceso mismo el ser no puede evolucionar con fortaleza, libertad e independencia.

Siempre que sientan una necesidad urgente de tener el control—de otros, de una situación, de una relación—, tienen una pista directa de su no identificación consigo mismos. Si contemplan esta tendencia desde el punto de vista examinado aquí, si usan estas pequeñas pistas como puntos de partida, si entienden el daño de su atrofia interior, seguramente llegarán al núcleo de su autonegación deliberada, que causa tanto sufrimiento innecesario. Entonces podrán proceder para hacer aflorar su ser real. Esto será más fácil de lo que ha sido encontrar las condiciones negativas. Pero, primero, tienen que ser plenamente conscientes de su aferramiento parasitario a otros, de su identificación con otros y de su dependencia de otros, de la manera que sea. Verán los lazos que hasta ahora se han negado a cortar, y cuyas raíces no podían reconocer en su interior. Una vez que las encuentren, será comparativamente fácil cortarlas y convertirse en ustedes mismos.

Y ahora, amigos míos, tienen unas cuantas semanas para sopesar esta conferencia. Como tendrán la oportunidad de hacer preguntas relacionadas con cada conferencia en las discusiones, nos ocuparemos ahora de las que no tienen ninguna conexión con esta conferencia.

PREGUNTA: ¿Sería tan amable de explicarnos el fenómeno del sueño?

RESPUESTA: Tus cuerpos sutiles necesitan deshacerse del peso del cuerpo físico. No podrías resistir una vida sin este descanso. La materia física es una carga para la personalidad real. Digo esto literalmente. Necesitas un respiro de esta carga en una dimensión diferente donde puedas moverte y ser libre. En esta otra dimensión más amplia y libre hay descanso y una restauración de las fuerzas. Esta es esencialmente la razón principal del sueño. Liberarte de la materia burda y moverte a una dimensión más amplia realmente restaura los órganos físicos a través del torrente sanguíneo psíquico, que se regenera durante el sueño. Los cuerpos psíquicos, o sutiles, siempre son la causa; el cuerpo físico es el efecto.

Con todo mi amor los dejo ahora, con una bendición para cada uno de ustedes. Esta bendición contiene mucha fuerza; una sustancia que puede llevar verdad y regeneración a su alma, de manera que encuentren el vigor y la voluntad necesarios para establecerse en sí mismos.

¡Queden en paz! ¡Queden en Dios!

Dictada el 29 de marzo de 1963.